Hace unos días falleció el maravilloso Drubwang Rimpoché, un lama tibetano que ha hecho meditaciones larguísimas en solitario -de hasta diez años- y que consiguió alcanzar la realización del Mahamudra, uno de los estados mentales más elevados que se pueden alcanzar. Todos los budistas esperamos que pueda renacer muy pronto para seguir enseñando e inspirándonos con su compasión infinita por todos los seres, como publiqué hace un rato en mi web de budismo, Sangha Virtual.

Precisamente hace un momento he encontrado una cita suya hablando sobre comer animales:

“Si se tiene una fuerte determinación, se evitará cometer malas acciones a toda costa y bajo ninguna circunstancia. Por supuesto que tenemos dificultades al ser completamente vegetarianos. Sin embargo, cuando tales obstáculos se presentan, debemos recordar el hecho de que todos los seres sensibles, de una forma u otra, han sido nuestros padres”.

Este consejo de Rimpoché viene de la afirmación budista de que todos los seres sintientes avanzamos en la existencia viviendo, muriendo y renaciendo una y otra vez arrastrado por las consecuencias de nuestros propios pensamientos y actos, es decir, por la ley del karma. Cada uno de nosotros ha existido durante vidas suficientes como para que todos los demás seres hayan sido nuestros padres alguna vez. Pensar en esto, que cualquier otra persona o animal ha sido nuestra madre o nuestro padre en una vida anterior, nos inspira a tenerles un cariño y una consideración especial.

Yo aun diría más, y es que aunque uno no crea en el sistema de renacimientos, igualmente es una idea que le hace a uno pensar de qué manera todos somos iguales. Aunque tengamos un aspecto físico diferente, costumbres diferentes, cada uno hagamos algo distinto cuando llegamos a nuestra casa, tal o cual manía, tal o cual postura ideológica, una personalidad, un idioma, una raza, un cuerpo diferentes, no solo entre una persona y otra, sino entre nosotros y otros seres diferentes, como los animales, y también los que viven en el agua, o los que son muy pequeños y tienen formas raras, o por qué no, los seres que viven en otros mundos, en otros planetas, en otros universos… aunque tengamos comportamientos diferentes, un aspecto diferente, etc, todos somos exactamente idénticos en que a ninguno nos gusta pasarlo mal; todos queremos ser felices por igual, proteger lo que consideramos más cercano, nuestra familia, nuestra comida, nuestros amigos, nuestro territorio… Todos buscamos ser felices por igual, aparte de que seamos más o menos conscientes de cómo acercarnos a la felicidad. En eso, todos los seres sintientes somos absolutamente idénticos.

Pensando de esa manera siempre, de manera permanente, creándose uno mismo una autodisciplina, una promesa, una “obligación amistosa” de tratar bien a los demás en todo momento, esforzarse por no enfadarse, ser paciente, ser compasivo, desear bienestar a los demás, alegrarse cuando a los demás les van bien las cosas, etc, acostumbrándonos a pensar de esa manera, uno comprende mucho mejor qué significa comer animales y ser vegetariano deja de ser “una alternativa rara” a la alimentación -y el consumo en general- más responsable, por que ¿qué mejor responsabilidad, qué responsabilidad más importante podemos tener en nuestra mano que colaborar con la felicidad de los demás?

A mí no me gustaría que me tuvieran en una granja, pariendo crías todo el tiempo para segregar leche, que me estuvieran ordeñando todos los días no para alimentar a mis crías sino para hacer negocio con ella… ¿por qué voy a desearle eso a las vacas, o a nadie? Con ese cuerpo tan grande, las vacas podrían matarnos a empujones, a pisotones, a cornadas… y sin embargo son muy simpáticas y muy agradables! ¿Por qué voy a molestarlas? Los terneros, que no son otra cosa que vaquitas jóvenes, tienen miedo, curiosidad, ganas de jugar… como cualquier cría de cualquier animal. ¿Habéis visto cómo se divierten los cerditos cuando corretean por ahí? Hay muchos insectos que tienen comportamientos muy cariñosos con sus crías, más allá de limitarse a protegerlos para preservar la especie, y también animales que se comen habitualmente como las sepias, los calamares o los pulpos, son muy inteligentes y tienen comportamientos que solo pueden explicarse pensando en cosas como el cariño, el juego, la solidaridad… Las sepias -que en mi tierra llaman jibias- además de ser unas madres enormemente protectoras con sus crías, son uno de los animales más bonitos que existen, muy diferentes a cuando vemos sus cuerpos muertos en la pescadería, y se dice que los pulpos son tan inteligentes como los guacamayos, los perros o los delfines…

Conociendo a los animales, interesándonos por su comportamiento, o símplemente teniéndolos en cuenta y comprendiendo que compartimos el mundo con seres que no son humanos -muchísimos más que nosotros, además- es fácil darse cuenta de cómo todos los seres sintientes somos muy diferentes en muchos aspectos pero todos idénticos en cuanto a lo que posiblemente es lo más importante; la razón de ser misma de nuestra existencia: Querer ser felices.

Cualquier meditación, cualquier enseñanza, cualquier retiro, cualquier consejo, cualquier transmisión que pueda recibirse de un maestro budista está inspirado en ese deseo universal. Si eres budista como yo, hay muchas formas de rendirle homenaje, pero ninguna tan sublime y perfecta como esforzarnos por ser felices; de hecho, su función es ayudarnos a conseguirlo.

Decidir no alimentarnos con los cuerpos de los demás puede ser una forma maravillosa de empezar el 2008… ¡Que tengáis muy buen año!

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