Respeto. Supongo que es eso lo que siento por Osel, aquel famoso “niño lama” que encontraron en Granada en los años 80. Casi me resulta raro no llamarle “lama Osel”, pero oye, es su vida, no la mía.

No lo digo con desdén, sino con ese respeto que afirmo y reafirmo. Lo primero que se me ha pasado por la mente según leía la entrevista que ha ofrecido al diario El Mundo ha sido reconocerlo en el metro tocando la guitarra, acercarme, chocarle esos cinco y decirle “Hey Osel, qué pasa tío”, prometiéndole con la mirada que no voy a convertir nuestro encuentro en un circo. Me alegra saber que las cosas le van bien. Se podrá decir que igual no le va tan bien, pero se ha liberado de una situación que no le gustaba, se dedica a lo que le gusta, y está viviendo cosas que pensó que, muy a su pesar, jamás viviría. Ole sus narices por todo lo que ha visto y experimentado, incluida su etapa monástica y ser quien es, que tampoco es moco de pavo.

Porque ese buen rollete que me inspira Osel, ese espíritu de colegueo, no es contradictorio con el hecho de que yo opine que sí es la reencarnación de Lama Yeshe, y que sigue siendo un gran maestro. ¿Acaso no decía el propio Buda en persona que no hay que creer a pies juntillas lo que te diga una persona, por importante y venerable que esa persona sea? Que lam… que Osel ya no sea monje, que ya no sea tan venerado, no quita que pueda seguir siendo venerable, y para eso no hace falta hacer postraciones ante él. Por desgracia para muchos budistas, abandonó casi por completo el gremio y quiso dejarse llevar de la mano por el karma en los altibajos de una vida mundana, corriente y moliente. Tan sorprendente puede ser eso como sorprendente pudo ser que Lama Yeshe muriese tan joven y de forma tan triste -de un ataque al corazón, cuando uno espera que un maestro tan elevado fallezca de forma plácida y flipantemente serena-. El karma puede llegar a ser insoportablemente complejo, y como decía la madre de Forrest Gump, “nunca sabes lo que te va a tocar”.

Pero cuando toca, toca. Dentro de unos años tocará volver al monasterio quién sabe de qué manera ni para qué; puede que ni él mismo lo sepa cuando entre por la puerta, pero tanto allá como aquí, sabe que siempre habrá alguien que se le acerque y le diga “hey Osel, qué pasa tío”. Y me seguiré alegrando por que las cosas le vayan bien.

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