Nunca sabes qué va a pasar al minuto siguiente. No sabemos qué nos vamos a encontrar en cuanto salgamos por la puerta, qué llamada telefónica vas a recibir justo cuando termines de leer esto. ¿Volverás a ver a tu pareja? ¿Cuándo fue la última vez que llamaste a tus padres? ¿Irás tú al entierro del padre de un amigo, o irán tus amigos a tu entierro?

No es cuestión de miedo, sino de vivir la vida al máximo. Y vivir la vida al máximo no significa apretar el acelerador a fondo, ni llenarte las venas de alcohol. Vivir la vida al máximo es fijarse en las cosas buenas de aquí, de ahora. En el valor de un abrazo, de demostrarle a un amigo que le quieres, de mirar tu reflejo en los ojos vidriosos de los ancianos, de hacer el amor como si fuera la última vez, de acariciarle el pelo a un niño, de jugar con un perro desconocido, de quedarte sentado mirando cómo se pone el sol… porque amaneceres habrá muchos, pero no sabes si volverás a ver ninguno más.

Reconozcámoslo; no lo sabes. No lo sabemos ni tú, ni yo, ni tu médico, ni la persona que más te quiere en el mundo, y podrás tener muchos sueños cumplidos y otros tantos por cumplir, pero soñar solo es esperar cosas del futuro, y el futuro, querido amigo, no sabes hasta dónde llega. Los sueños no están para ser soñados, sino para ser cumplidos, y esperar a cumplirlos después… es seguir soñando.

Este fin de semana, la noche del sábado al domingo, cuando el reloj marque las dos tendrás que adelantarlo una hora. De pronto… serán las tres. Una hora sin sueños, una hora sin futuro, una hora sin posibilidad alguna de vivir la vida al máximo, ni de hacer todas esas cosas que no hace falta que ni yo ni nadie te explique: Sabes que merecen la pena.

¿Qué mejor momento de empezar a cumplir sueños que ahora mismo?

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