Es muy probable que cualquiera que lleve unos años trabajando en publicidad se haya planteado alguna vez si lo que hace, a lo que se supone que se dedica en su profesión, es algo que realmente merece la pena o no. Si no ha sido así, al menos habrá escuchado alguna de esas conversaciones de pasillo o cafetería en las que el publicitario de turno comenta que no es que hubiese querido ser profesor o médico, pero que quizá debería estar dedicándose a otra oficio cuyo contribución social, por decirlo de algún modo, fuese más directa, más visible, menos discutible.

Yo mismo tengo pensamientos recurrentes al respecto y nunca termino de estar satisfecho con alguna de mis propias incosistencias vitales: voy a todas partes en bicicleta porque es el medio que me resulta más cómodo. Lo digo siempre que tengo ocasión en un tono de orgullo reivindicativo que refleja lo que para mí es una forma de entender la sostenibilidad urbana. Y en paralelo dedico gran parte de mi tiempo a fomentar la compra de vehículos que, no nos engañemos, en el fondo me parecen un estorbo para mis paseos en bicicleta. Hasta qué punto eso debería quitarme el sueño o me convierte en mala persona es una cuestión difícil de dilucidar.

Aunque sea un asunto de valores, no tiene que ver en realidad con ética publicitaria o con códigos de autorregulación. Ya está claro y ya lo respetamos todos: no robarás, no matarás, no harás creer a los niños que tienen superpoderes, no retocarás pestañas sin decirlo, no pondrás la letra pequeña demasiado pequeña, no te olvidarás del asterisco y no te compararás con otros –bueno, salvo que seas un zumo orgulloso de sí mismo-.

Tampoco es una cuestión de “industria” o de si la publicidad sirve o no sirve para algo. Para eso también están otros dispuestos a dejar claro a todo el mundo que la tele es gratis gracias a los anuncios, que la información es poder y que sólo por eso nos merecemos que no hagáis ni zapping ni googling. El debate es lo suficientemente difuso y me temo que no tengo ninguna solución, y mucho menos objetiva.

Por suerte, y mientras tanto, hay otros que, animados por una preocupación similar, han encontrado una forma útil de afrontar tanta duda sin necesidad de abandonar la profesión.

¿Cómo? Lee en Yorokobu el artículo completo de Juan Manuel Ramírez.

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